Polarización afectiva: el nuevo chivo expiatorio de la democracia racional uruguaya

Foto: Presidencia de la República.

Únicamente mediante la abstracción de las complejidades del mundo real podemos desarrollar un esquema conceptual que dé cuenta de él. 
(Fraser 2000, pág. 26)

-El debate político uruguayo está por el piso
-No hay vara
-El nivel es lamentable
-¿Y qué querés, viste lo que son los legisladores?
-El problema es que ya no discutimos ideas, ahora queremos destrozar al otro porque nos cae mal.
-Ah sí, es una lástima dejar de lado la polarización ideológica y adentrarnos en la polarización afectiva.

Es obvio que este diálogo tiene partes de mentira y verdad. Nadie anda por la vida llamando la atención sobre la falta de ideas (palabra vaciada de contenido si las hay), ni hablando de polarización ideológica o afectiva. Y mucho menos en el medio de un Mundial. Digamos todo.

Sin embargo, dando por bueno este diálogo imaginario y partiendo de él, podremos distinguir conceptos analíticamente y, asimismo, exponer sus lógicas diferenciales. Solo así, poniendo negro sobre blanco, podríamos iniciar un camino que nos ayude a clarificar —pero también tensionar— algunos de los dilemas políticos centrales de nuestra era. 

Voy a hablar desde Uruguay. Desde lo que conozco. 

Mi argumentación es muy sencilla. En la primera parte conceptualizo la polarización afectiva y realizo una síntesis de las principales consecuencias negativas que ha identificado la literatura especializada. En la segunda sección me concentro en el dualismo razón-afectos y cómo la categoría “polarización afectiva” reafirma la hegemonía de la razón para el buen comportamiento político. Allí aseguro que nos ayudará poco señalar a la polarización afectiva como el germen de los posibles problemas que enfrenta la democracia uruguaya.

Por el contrario, sostengo que los afectos y sentimientos morales constituyen un pilar fundamental para la construcción de la identidad partidaria y que son motores legítimos e imprescindibles del conflicto político para mantener el vigor institucional democrático. Es decir, así como no hay partidos políticos vigorosos que no apelen a la identidad afectiva y emocional de sus militantes, tampoco hay democracia que se sostenga en la mera competencia electoral, el respeto por los procedimientos institucionales y la incertidumbre electoral. Hay algo más: los afectos.

Finalmente, si a la democracia uruguaya le está empezando a ir no tan bien como nos gustaría a todos, no considero que se deba a una explosión pasional, sino, por el contrario, a la obstinada manía de barrer nuestros problemas debajo de la alfombra. En esencia, el amor por ocultar el conflicto político partisano y agonista e insistir en la construcción de consensos hipócritas.

La polarización afectiva: conceptos y consecuencias

Hace algunos días, en algún medio, escuché que el fenómeno que viene aumentando en Uruguay es el de la polarización afectiva o moral, no ideológica. De hecho, si se toman en cuenta las últimas elecciones nacionales de 2024 habría cierta congruencia programática entre los partidos contendientes en áreas clave como la estabilidad de la macroeconomía, la importancia de resolver el problema de la pobreza en la primera infancia, el rol que debían desempeñar la ciencia, la tecnología y la innovación en un país con cierto estancamiento económico y la necesidad de construir un Ministerio de Justicia. 

Un año y medio después de esa congruencia programática, todos esos acuerdos parecen haberse esfumado. Y es lógico. 

Una vez terminada la competencia electoral y adentrados en el período de gobierno y en la dinámica que marca la agenda cotidiana de oficialismo y oposición, los partidos políticos buscan diferenciarse de cara a la opinión pública. Este comportamiento se refiere a los propios incentivos electorales —cultivar a su electorado, reclamar el crédito por su desempeño legislativo y empezar a desarrollar estrategias para mantenerse en sus cargos, es decir, reelegirse— y hace que la diferenciación con los demás competidores marque su desempeño. Es decir, los políticos profesionales saben cómo adaptarse y exprimir los incentivos que tienen para explotar sus virtudes, ocultar sus defectos y así construir su perfil y carrera política, tratando sistemáticamente de seducir a sus potenciales votantes y fidelizar a los cautivos. 

¿Qué sucede? Aparentemente, en el último tiempo, según los especialistas y la prensa, a los políticos uruguayos se les está yendo la mano en esto de diferenciarse de sus adversarios. Así, para construir su propio perfil y distanciarse del otro competidor electoral, los políticos profesionales uruguayos caen en actitudes que son cada vez más comunes: denostar, insultar, insistir en exabruptos, difundir fake news, tergiversar dichos, mentir, ocultar información, etc. La lista es larga y son prácticas a las que la política contemporánea nos tiene totalmente acostumbrados. En Uruguay, España y donde se mire, vilipendiar al otro sujeto político es moneda corriente.

La ciencia política mainstream ha denominado a este fenómeno como polarización afectiva. Se trata de un fenómeno político y un campo de estudio en auge. Así como las décadas de los 80 y 90 estuvieron marcadas por el estudio de las democratizaciones, los 2000, por los estudios vinculados a la administración pública y al New Public Management, y los 2010, por las investigaciones sobre las maldades y peligros del populismo para las democracias; la década de 2020 nos convida a meternos en el problema de la polarización afectiva. ¡Qué espanto el insulto en la política! ¡Qué bajo está el nivel del debate! ¡Qué horrible lo que se dice en X! ¿Acaso no siempre fue así? Los editoriales de los diarios durante el siglo XX, ¿no eran un espacio para afirmar identidades propias y desarticular las ajenas? ¿La ley de duelos uruguaya no era directamente un artilugio para aniquilar al adversario?

Aparentemente, ahora estamos ante un problema mayor: el de la polarización afectiva. Eso que puede destruir a la democracia desde adentro. Como un gusano en una manzana. Formalmente todo marcha bien, pero por dentro, algo se empieza a pudrir. Algo va dejando heridas.

El fenómeno de la polarización afectiva ha sido señalado como un problema por el mainstream de la ciencia política. Para esta literatura, se trata de una dinámica que erosiona las bases de la confianza social y el respeto mutuo entre las instituciones representativas y la ciudadanía, elementos esenciales para la deliberación democrática y la construcción de consensos deliberativos racionales.

Se han estudiado muchas dimensiones de la polarización afectiva: sus orígenes —con enfoques vinculados a la teoría de la identidad social—, su vínculo con la polarización ideológica, los factores que pueden explicar su rápido crecimiento (en  particular,  los  institucionales, como el sistema electoral o los modelos de sistema de partidos que se desarrollan en marcos de competencia centrífuga  en  los  que  están  presentes  partidos  extremistas  y/o  radicales), o los factores estructurales provocados por la crisis financiera de 2007-2008 (Gidron et al., 2020). Es decir, hay distintas formas de adentrarse en el fenómeno de la polarización afectiva. 

Además de los mencionados, se ha prestado atención a otro tipo de variables de carácter comunicativo, relacionadas con la incidencia de los medios de comunicación y las redes sociales en la aceleración de los procesos de polarización afectiva, ya que la dinámica de burbujas identitarias fogueadas por el algoritmo es un caldo de cultivo fructífero para la exacerbación del fenómeno. También es posible mencionar que se han analizado las consecuencias de la polarización afectiva en la gobernabilidad, en el compromiso continuado de los ciudadanos con las normas y rutinas del sistema democrático (independientemente de si benefician al grupo de pertenencia o no) e incluso en la salud y el bienestar emocional (Crespo Martínez y Lagares Díez, 2024).

Si bien sabemos mucho de la polarización afectiva, quizá valga la pena resaltar que la mayoría de los estudios que se han adentrado en el fenómeno hacen hincapié en que esta dinámica percibe a la competencia política como un juego de suma cero entre identidades políticas incompatibles. Todo lo que gana uno es lo que pierde el otro. Así, no habría posibilidades de construir espacios comunes. Cuando la dinámica política es percibida de esa manera, los ciudadanos priorizan menos las normas democráticas y tienden a justificar comportamientos menos democráticos, con la creencia de que ese tipo de comportamientos beneficiaría a su propio grupo, a su propia identidad.

Además, en las lecturas más drásticas sobre los roles y consecuencias de la polarización afectiva se señala que en las sociedades y democracias contemporáneas, las identidades políticas se convierten en una fuente de antipatía entre ciudadanos, la cohesión social se quiebra y la democracia podría funcionar peor o directamente volverse insostenible. 

En términos generales, los autores que abordan este fenómeno de la polarización señalan que no solo es una consecuencia de procesos políticos, sino un potencial canalizador de la erosión democrática y de la autocratización que caracteriza a los regímenes políticos en la actualidad. 

Si bien se insiste en que la polarización afectiva puede tener consecuencias negativas sobre la democracia — altos niveles de esta hacen que los votantes sean más propensos a aceptar una erosión de las normas democráticas—  también puede desplegar ciertas potencialidades para la activación política en tanto clarifica opciones, posiciones y promueve la movilización electoral.

Lo que me interesa en este espacio es argumentar cómo el concepto polarización afectiva refuerza el dualismo clásico del pensamiento político canónico entre razón versus emoción. Es decir, este concepto viene a llenar una falla: allí donde la racionalidad del ciudadano no alcanza para discernir entre la polarización programática, está claro que operan los afectos o sentimientos morales que, como ya nos dijo Maquiavelo hace 600 años, nada tienen que ver con la política.

Cuando la polarización afectiva entra en juego, se procesa una mutación en el ciudadano, que lo deprecia. Reduce su valor racional. Es decir, preso de sus pasiones e impulsos morales, el ciudadano pasa de un comportamiento asentado en la razón y en su capacidad de discernir y escoger entre programas de partidos políticos distintos, a una especie de hincha identitario. Preso de su goce afectivo, pierde el deseo por la pulsión democrática y él mismo es culpable de su muerte.

Llegados a este punto, me animo a una pregunta teórica. Para la construcción de una identidad ciudadana, partidaria y comprometida con el sistema democrático, ¿no es necesaria cierta cuota de emoción? Para que la competencia electoral siga siendo uno de los factores que mantiene viva a la democracia, ¿no es necesaria la polarización afectiva en el sentido más literal de la expresión? Para distinguirme del partido A, ¿no debería tratar de desarrollar una identidad B que, por definición, tiene una carga emotiva más allá de lo programático-ideológico? ¿La ideología no toca fibras afectivas? En otras palabras, para que un votante del partido A se considere un buen votante, ¿no debería negar no solo programáticamente, sino también afectivamente a B? 

¿Y si la polarización afectiva es una salida a la creciente apatía política? ¿Y si nos ayuda a sentirnos parte?

Notas al pie

  1. En 2025 se publicó el Handbook of Affective Polarization editado por Mariano Torcal y Eelco Harteveld. La publicación es de acceso abierto y se encuentra disponible aquí.

  2. La polarización afectiva es, comúnmente, contrastada con la polarización ideológica-programática. Esta última deriva del clásico posicionamiento espacial entre Estado-Mercado. Pero, siendo honestos intelectualmente, la distinción entre polarización afectiva e ideológica no es clara. Está atravesada por matices, intereses y formas de aprehender la realidad política que bien vale la pena poner a consideración desde la teoría política. La polarización ideológica y afectiva son conceptualmente distintas: mientras la primera se basa en las preferencias de política de los partidarios, la segunda se sostiene en afectos e identidades.

  3. Ver T.W. Adorno: Rasgos del nuevo radicalismo de derecha. Una conferencia, Taurus, Madrid, 2020, p. 10.

  4.  Recomiendo consultar el informe del Varieties of Democracy (V-Dem) para 2025. Disponible aquí.

Bibliografía

Fraser, Nancy (2000). “¿De la redistribución al reconocimiento? Dilemas de la justicia en la era ‘postsocialista’” en Butler, Judith y Fraser, Nancy. ¿Reconocimiento o redistribución? Un debate entre marxismo y feminismo. Madrid: Traficantes de Sueños.

Crespo  Martínez,  Ismael  &  Nieves  Lagares,  Díez  (2024).  Affective polarization as a social and democratic challenge: An introduction.  Revista  Internacional  de  Sociología  82 (4): e259.  https://doi.org/10.3989/ris.2024.82.4.1498

Camila Zeballos Lereté

Camila es politóloga.

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