La FIFA y la neutralidad como forma de poder

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El 5 de diciembre de 2025, durante la ceremonia del sorteo de los grupos del Mundial 2026, la FIFA, a través de su presidente Gianni Infantino, le entregó al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el Premio FIFA de la Paz. El galardón, otorgado por primera vez en esa ocasión, está dedicado a “las personas que han tomado acciones excepcionales y extraordinarias por la paz y, al hacerlo, han unido a personas de todo el mundo”, según la entidad.

Se trata de un premio político. Como todos los premios. Sin embargo, históricamente se ha insistido en que política y fútbol son asuntos separados. La FIFA se ha convertido en un organismo capaz de determinar, en el ámbito del deporte rey, qué cuenta como política y qué no. Muchas de sus acciones en ese apartado suponen una alineación específica con un poder determinado que establece aquello que es válido y legítimo.

Por ejemplo, Rusia fue sancionada por la guerra que inició con Ucrania y no puede disputar torneos de selecciones. Israel, por su parte, sigue disputando encuentros y jugó las eliminatorias para el Mundial que tiene lugar en América del Norte, a pesar del genocidio en Palestina. La dualidad de criterios es evidente, pero se corresponde con algo más que la conjunción de intereses, ya que se relaciona con un marco discursivo que habilita y legitima esa toma de decisiones.

Así, la FIFA otorga un premio de la paz a un mandatario que ha iniciado una guerra con Irán, pero prohíbe a Haití usar una imagen simbólica de su revolución en la camiseta de la selección. Además, la FIFA avala a un país que negó la entrada a su territorio a uno de los mejores árbitros de África, el somalí Omar Artan, a quien se acusó, sin ningún tipo de evidencia, de tener vínculos con terroristas; y que no permitió a Irán tener su base en territorio estadounidense, haciendo que el equipo asiático debiera trasladar su centro de entrenamiento a México. Trump llegó a decir que no recomendaba a Irán jugar el Mundial porque “no podía garantizar su seguridad”. La excusa de la FIFA es la neutralidad: no se mete en política, pero hace política.

No es para nada extraño que la FIFA ingrese dentro de un marco discursivo que reniega de la política, mientras hace uso de ella para explicitar su propia visión política, porque vivimos en un mundo que se estructura bajo esa misma dinámica.

Wendy Brown sostiene en su libro “El pueblo sin atributos” que el neoliberalismo lo que hace es expandir sus manifestaciones y condiciones de mercado a otras esferas de la vida que antes no estaban economizadas, como el Estado, la ciudadanía, la democracia o las universidades. Se trata de una conformación de una racionalidad que difunde un discurso y una práctica alrededor de la competencia, la individualidad, el capital humano, la inversión o la gestión, y que aleja de su centro lo relativo al conflicto político, la disputa ideológica, el debate democrático o las concepciones colectivas.

La lógica despolitizante se aprecia claramente en discursos de políticos que hablan del bien y el mal en torno a su actuación política (como Trump), explotan el uso del “sentido común” como forma de gobierno, recurren a pragmatismos en vez de ideas, y rechazan las clasificaciones relacionadas con la derecha y la izquierda. Son discursos que buscan esconder el ideario político, pero es en ese mismo escondite donde reside la vinculación político ideológica y desde donde cultivan su poder.

A través de la despolitización, las cuestiones políticas dejan de ser pensadas en términos de construcción social y las preguntas ya no pasan por entender la desigualdad que supone cierta estructura o a quién beneficia, sino por reproducir a mayor escala la eficiencia, la eficacia, la mejor forma de gestión, la maximización del rendimiento y de los beneficios asociados, y la reducción de los costos. En la despolitización también se definen ganadores y perdedores y, por supuesto, el fútbol no escapa a esto.

De hecho, en el fútbol esta dinámica permite establecer no solo un discurso en concreto, sino un marco de acción específico que habilita la negación de posiciones políticas alrededor del deporte, mientras la FIFA hace política todo el tiempo y opera políticamente. En el caso de la FIFA lo que queda en evidencia es la acción en sí, porque la desnuda como una organización profundamente disciplinadora. Su marco estructural del poder se define por la pena y la prohibición, buscando hacer dócil al sujeto, tal como señalaba Foucault era el rol de la disciplina.

En el Mundial de Qatar 2022, por ejemplo, algunos futbolistas manifestaron (sorprendentemente) su intención de llevar un brazalete con los colores de la comunidad LGBTQ+, ya que el torneo tenía lugar en un país que prohíbe la homosexualidad y criminaliza las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. La respuesta de la FIFA fue amenazar con hacer que todos los jugadores que llevaran un brazalete de ese tipo en un partido, empezaran el encuentro con una tarjeta amarilla, algo complejo para los futbolistas (que tampoco hicieron mucho más esfuerzo) ya que se arriesgaban a ser expulsados por doble amarilla o a acumular tarjetas y ser suspendidos para un siguiente encuentro.

El objetivo de la negación de la posición política no es, en esencia, invisibilizar la política, sino reproducir una lógica determinada de ella, de los valores con las que se la debe asociar y de los fines que la ocupan. No se trata de expulsar del interior del fútbol las posiciones políticas. Por el contrario, lo que se busca es definir una narrativa e imponer un discurso que, a partir de la prohibición, habilita a controlar los mecanismos de funcionamiento de la política alrededor del deporte. La supuesta neutralidad de la FIFA es en realidad una herramienta de poder. 

Los artículos 15 y 19 de los estatutos del organismo rector del fútbol dicen que las asociaciones que la integren (son 211 en total) deben ser “neutrales en materia de política”, que tienen que ser “independientes y evitar toda forma de interferencia política”, así como no tener “injerencia de terceros”. Incumplir esto puede derivar en la desafiliación inmediata. Hay, de hecho, varios casos de asociaciones que fueron suspendidas: Nigeria en 2010 por la interferencia del gobierno nacional en la federación tras el Mundial que se celebró ese mismo año; Kuwait en 2015 por interferencia gubernamental en la asociación; Mali en 2017 por la disolución por parte del ministerio de Deportes del comité ejecutivo; Zimbabue y Kenia en 2022 por la disolución de las asociaciones nacionales por parte de las autoridades gubernamentales; entre otros varios casos.

De este modo, se aprecia que la FIFA tiene un peso sin precedentes en la capacidad política de los países miembros con respecto al fútbol en materia de selecciones. Nadie quiere quedarse sin el deporte rey, un emblema cultural en muchos países del mundo y toda una industria que genera sumas enormes de dinero (la edición 2026 del Mundial se estima que generará una cifra cercana a los 13.000 millones de dólares). La amenaza de la suspensión, o la suspensión en sí, funciona como marco disciplinante que pone en su lugar a los gobiernos de los países, así como también les recuerda cuál es su lugar dentro de la propia estructura de poder. 

Una estructura de poder que es, además y obviamente, desigual, ya que al estar insertada en un sistema que efectiviza la desigualdad, reproduce esas mismas dinámicas. Estados Unidos recibirá 78 de los 104 partidos del actual Mundial, mientras que sus coorganizadores solo verán disputarse en su territorio 13 cada uno. Las entradas para los partidos tienen precios desorbitantes: si bien comenzaban en los 60 dólares, se trataba de una cantidad disponible menor, y en muchos casos los precios superaron los 600 dólares.

Las fiscalías generales de Nueva York y Nueva Jersey iniciaron investigaciones judiciales por lo elevado de los precios. Jennifer Davenport, fiscal de Nueva Jersey, dijo que la “FIFA ha convertido la compra de una entrada para el Mundial en un laberinto de confusión, escasez artificial y precios desorbitados”. Además, la FIFA usa precios dinámicos para los partidos, algo que está muy a tono con las actuales tendencias empresariales. Esto significa que cuando la demanda es alta, los precios suben; y que cuando la demanda es baja, los precios bajan. De este modo, los mejores partidos son los más caros, convirtiendo el acceso a los mismos en un marco privilegiado donde quien puede ir quien puede pagar esas entradas caras. La elitización de un deporte popular y de una competencia emblemática para el mundo es una decisión política. Negarlo es una abyección. 

El fútbol y el capitalismo se dan la mano

El fútbol se ajusta a las dinámicas capitalistas con total comodidad, ya que se ha convertido en un modelo de negocio donde prima, por sobre todo, el lucro, siendo extremadamente dependiente de los derechos de televisión y patrocinio. En el actual torneo, la FIFA impuso las pausas de hidratación, unos cortes de unos 3 minutos a mitad de cada tiempo para que los jugadores se refresquen, teniendo en cuenta que juegan en horas donde el calor es agobiante. Estas pausas han sido utilizadas para incorporar más publicidad a un deporte tremendamente saturado de ella. Además, se trata en esencia de una modificación base del fútbol, que pasa de dos grandes tiempos a cuatro, lo que otorga mayor tiempo para pasar publicidades y, por ende, generar más dinero.

Guy Debord sostiene en su libro “La sociedad del espectáculo” que el espectáculo es más que mero entretenimiento porque es la organización del capital en el marco de lo social; es su transformación en imagen. Estas pausas de hidratación evidencian en cierto modo la experiencia mundialista como parte de una mediación simbólica que hacen que la política no política de la FIFA se vuelva justamente un mero espectáculo, haciendo desaparecer el conflicto. Es decir, se satura de publicidad con el fin de conformar la política en torno al fútbol como aquella que solo se relaciona con el dinero. El rol de la FIFA no es solo hacer posible el Mundial, sino que es hacer efectiva la maximización de la inversión, para lo que el espectáculo y la imagen son su principal fortaleza.

El fútbol ha ingresado desde hace muchos años ya en la lógica de maximización de los beneficios y de construcción de marca, en el que los jugadores y los clubes se convierten también en marcas, buscando aumentar sus ganancias. De los clubes que nacieron como parte de proyectos barriales, comunitarios o sindicales se ha pasado a la generación de Sociedades Anónimas Deportivas (las SAD), con la privatización del club como tal, que es pensado como una empresa. El escudo del club o la selección lo que hace es acumular y retener el simbolismo y el imaginario social derivado en la historia en el fútbol, mientras la empresa monetiza esa carga social al convertirla en producto.

Los futbolistas como tales se transforman en sujeto del rendimiento, no solo porque obviamente deben rendir en la cancha, sino porque están constantemente explotados en su rol: son deportistas, pero también modelos, celebridades, mercancías y, en menor medida, trabajadores. Está claro que pueden llegar a ganar millones de dólares, lo que puede relativizar su explotación en tanto ingresan lo suficiente como para tener una vida sin complicaciones, pero eso no minimiza el hecho de su productivización. Son, además, un notorio caso de despolitización, en el entendido de que son figuras cultural y socialmente poderosas y con una enorme capacidad de comunicación, pero rara vez incurren en una manifestación de orden político. Se dedican, en esencia, a representar la explotación que les hace ser millonarios y que los utiliza como un ejemplo del éxito en el capitalismo.

Por otra parte, el fútbol en general también reproduce la desigualdad propia del capitalismo. Se fomenta la competencia, lo que implica que, como en toda competencia, haya ganadores y perdedores. Los clubes más ricos son los que compran los mejores jugadores, acceden a los mejores y más beneficiosos torneos, tienen más patrocinadores y mayores ingresos.

Además, Sudamérica y África, cuna de enormes futbolistas a lo largo de la historia del deporte, son continentes de extracción de futbolistas jóvenes que, motivados por la capacidad de mejorar económicamente, emigran de su país a Europa o, últimamente, a Oriente Medio. Así, los futbolistas también se convierten en prospectos, donde la potencialidad de sus capacidades y el Return On Investment (el famoso ROI) son claves.

El hincha, por su parte, deviene en varias figuras también. Es consumidor, pero también fuente de extracción de datos, cliente, usuario VIP y audiencia. Lo que antes era deporte popular, hoy se estratifica en sectores que clasifican al hincha. Algunas entradas son mucho más caras que otras, lo que suele justificarse por la existencia de salas VIP (hay que tener cómodos a los famosos), palcos especiales o corporativos y luego tribunas populares, que en el Mundial quedan relegadas por lo caro de los precios. La venta premium de la experiencia (otra de las grandes invenciones capitalistas), deja en un segundo plano lo relativo a la elitización del fútbol y a la desigualdad en el acceso al mismo. Se justifica el valor por la marca Mundial.

Por último, el hincha está, en sus diferentes catalogaciones, fijado en una muy específica dinámica, en la que su participación se reduce a cumplir esos roles. Poco tiene que ver el hincha en la toma de decisiones de cómo debe jugarse un Mundial (¿alguien les preguntó si querían un torneo de 48 equipos?), de si quieren ver todo el tiempo publicidad, de cómo debe ser el formato de competencia. El fútbol, a pesar de su pertenencia popular, tiene una estructuración privada. Usa al hincha, la construcción popular, la historia, los orígenes socio comunitarios, y explota sus mecanismos emocionales para utilizarlos como legitimación para construir un negocio de miles de millones de dólares.

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